Tierra Adentro

El poeta y ensayista guatemalteco Alan Mills propone leer la literatura latinoamericana como un entramado ciberespacial, al que las diversas comunidades indígenas acceden en calidad de hackers, apropiándose de los códigos de acceso y transformando sus contenidos interactivos.

 

LITERATURAS INDÍGENAS Y HACKERS DEL CIBERESPACIO LITERARIO

William Gibson, en su legendaria novela Neuromante, definió de la siguiente manera al ciberespacio:

Es una alucinación consensual experimentada diariamente por billones de legítimos operadores, en todas las naciones […]. Una representación gráfica de la información abstraída de los bancos de todos los ordenadores del sistema humano. Una complejidad inimaginable. Líneas de luz clasificadas en el no-espacio de la mente, conglomerados y constelaciones de información. Como las luces de una ciudad que se aleja […].”

Comienzo con esta cita, pues me parece importante dejar claro que cuando este texto se refiera al ciberespacio, no se habla sólo de las computadoras, de las bases de datos, o de la tecnología que permite el establecimiento de redes virtuales de información y comunicación: el ciberespacio va más allá, es una “alucinación consensual”, es la representación holográfica de una mente colectiva. Esta definición ayuda a imaginar la literatura desde un punto de vista singular. Pensaré aquí a la literatura latinoamericana como un estamento ciberespacial, como un muy particular delirio consensual: la interconectividad virtual de lecturas y acuerdos simbólicos alrededor de las múltiples obras que componen el mapa literario de los países que alcanzaron su independencia de la Corona Española, hace más o menos doscientos años.

Los legítimos operadores de este ciberespacio utilizan el idioma español como lenguaje de navegación, y se valen también, aunque subsidiariamente, de otras lenguas occidentales (principalmente el inglés y el francés), de donde se toman valores y orientaciones de lectura. Las lenguas indígenas del continente no aparecen como canales de mediación, o negociación, o difusión de las lecturas del ciberespacio literario latinoamericano. Y del mismo modo, la producción oral no es considerada parte del corpus simbólico de dicha literatura. Al mismo tiempo, es el código letrado el que se usa para configurar una jerarquía de la producción literaria que flota en este ciberespacio. Los libros impresos funcionan como el software privilegiado para la operatividad de este sistema. Las lenguas indígenas del continente no aparecen como canales de mediación, o negociación, o de difusión de las lecturas del ciberespacio literario latinoamericano. Y del mismo modo, la producción oral no es considerada como parte del corpus simbólico de dicha literatura.

En este contexto, un autor que no ha publicado un libro impreso en idioma español y cuyas principales referencias no se encuentran en las tradiciones hispánica, francesa, portuguesa o anglosajona, no sólo se encontraría por afuera del ciberespacio literario latinoamericano, sino que además se estaría enfrentado a un sistema de código cerrado. En informática un programa es de código cerrado cuando el código fuente no se encuentra disponible para cualquier usuario, es decir, cuando no se hace público. Se le llama así en contraposición al código abierto, o software libre.

Las calificaciones requeridas para navegar en el estamento ciberespacial de la literatura latinoamericana rebasan, por mucho, las condiciones socioeconómicas y culturales en las que las comunidades indígenas del continente subsisten. De esa cuenta, una de las estrategias que los autores indígenas usan para insertarse en este sistema de código cerrado, es la de convertirse en hackers.

¿HACKERS?

Esta intervención puede parecer atrevida, o exótica, pues la identidad indígena suele estar referida, dentro del binario semiótico, a representar lo premoderno, lo arcaico, lo primitivo. Hace un par de décadas, la antropóloga norteamericana Diane Nelson hizo su primera visita a Guatemala, donde quedó fascinada por el conocimiento de los filmes de ciencia ficción en las comunidades más apartadas del Triángulo Ixil. Según nos cuenta la antropóloga en su libro Man Ch’itil. El dedo en la llaga. Cuerpos políticos y políticas del cuerpo en la Guatemala del Quinto Centenario, su nombre, Diane, fue referido a Diana, protagonista de la serie televisiva V, Invasión Extraterrestre.

Los indígenas del Ixcán, con los que comenzaría una diversidad de pesquisas, le apodaron “Diana, La Reina de los Lagartos”, como un sutil homenaje a la serie con la se entretenían por las tardes, donde los alienígenas reptilianos intentaban infiltrarse en la humanidad para conquistarla. Esta implosión de lo hipermoderno en un ambiente considerado pre-moderno llevó a la antropóloga a la formulación de la categoría del “maya-hacker”: “una articulación destinada a sugerir la yuxtaposición incongruente entre la ciencia ficción y la ciencia social de la antropología.”

Diane propone a la ciencia ficción como un ingrediente cognitivo que altera de forma radical el estudio antropológico, ayudándole a dilucidar la brecha entre la certeza de la posibilidad inmanente y los reflejos de sus interpretaciones éticas, sociales y espirituales. Para Nelson, un “maya-hacker” es aquel sujeto miembro de una colectividad indígena que adopta una serie de estrategias para quebrar el código cerrado de la modernidad capitalista y de sus aparatos estatales, insertándose en el ciberespacio de la cultura, del mismo modo en que los hackers ponen en jaque la seguridad de los parajes de la web. Dice Nelson: “un hacker no controla el sistema en el cual trabaja, pero tiene un conocimiento profundo de sus tecnologías y códigos.”

El activista indígena de derechos culturales no es para Nelson un “indio negado”, un “indio ladinizado”, o un traidor a su grupo étnico (sea porque habla español, se tituló en la universidad y conoce los vericuetos de la cultura moderna global), sino un “maya-hacker”: alguien que navega una Nación-Estado-Ciberespacial, a través del conocimiento de códigos clave que le permiten obtener información valiosa (los derechos humanos, por ejemplo), para la subsistencia de sus comunidades.

Una forma muy simple de demostrar la existencia de una Nación-Estado-Ciberespacial, se ve en la constatación de que no es necesario leer el Código Penal para evitar salir a la calle y convertirse en un asesino en serie. La alucinación consensual opera en nuestros cuerpos, introduciéndose así la ley en nuestro propio flujo sanguíneo, controlándonos de un modo biopolítico, para decirlo con Foucault. Somos nuestro propio represor y nuestro propio juez. Vivimos desde siempre en una especie de fantasía orwelliana. Del mismo modo, no hace falta leer toda la literatura latinoamericana y su crítica, para asumir una serie de convenciones y acuerdos tácitos que la regulan. Estas convenciones son las que persiguen normativizar las lecturas, establecer las jerarquías y certificar las legitimaciones, creando ese holograma ciberespacial llamado “literatura latinoamericana”.

Un delirio consensual que nos empuja, por ejemplo, a no cuestionar el uso del español en cuanto lengua oficial de dicho sistema y a considerar a los pueblos indígenas como sujetos adyacentes al mismo. El indígena, o el sujeto perteneciente a cualquiera de los grupos étnicos que transitan la cultura en términos de subalternidad, no es considerado un lector destinatario del corpus literario. A nivel de la imaginación colectiva, los pueblos indígenas son considerados sujetos pre-literarios o, en el mejor de los casos, vestigios vivientes de una literatura que ya no existe.

Es por esto que también me permito usurpar un mecanismo de la ciencia ficción para transformar esa lectura represiva que opera sobre las culturas originarias del continente, la cual los obliga a aparecer en calidad de paisaje, vestigio, o ruina. Pretendo resquebrajar esa imposición que obliga a las culturas indígenas a representar un pasado del cual escapamos a toda velocidad, trasmutando su identidad hacia la representación de un futuro post-exótico, multilingüe, y con una literatura que se socializaría a través de los más diversos soportes (incluso rituales). Entenderemos esta transformación de los autores indígenas en “hackers literarios” si imaginamos el carácter cíclico del tiempo: se viajaría tanto hacia atrás (a través del estudio de textos ancestrales, por ejemplo), que se terminaría apareciendo en algún lugar del futuro. Digamos que así completaríamos el recorrido de un círculo temporal que nos haría dar un salto cuántico, pasando a otro nivel de conciencia.

LAS ESTRATEGIAS DEL PILLAJE

El viejo binomio “liberal-conservador” ha dejado casi por completo de representar un campo de contradicciones reales, para trasladarnos al escenario de la performatividad política. La guerra actual entre el código cerrado y el software libre aparece en nuestras pantallas como una contradicción en verdad operativa. Por un primer bando, Macintosh, Microsoft y todas las empresas que desean transformar la web en un territorio donde el acceso a los servicios sea de pago y donde la circulación de la información esté controlada por quienes detentan el código. En el otro están los commoners, los activistas de Creative Commons, los hackers y todos aquellos que luchan por un ciberespacio cuyo software sea libre, gratuito, y que además permita la posibilidad de su alteración y reformulación. Estos son lenguajes en franco conflicto. Una guerra de guerrillas virtual.

Al pensar el ciberespacio de la literatura latinoamericana, tampoco se trataría entonces de abolir la tradición crítica, ni nuestra modernidad literaria, desdeñándola y asumiendo que se podría construir una nueva lectura a partir de cero. Según la óptica lacaniana del filósofo Slavoj Zizek, en la dinámica virtual “el sujeto/interactor necesita de un conjunto de reglas sin las cuales se sumergiría en una experiencia psicótica de un universo en el cual ‘hacemos lo que nos da la gana’ y somos, paradójicamente por esa misma razón, privados de nuestra libertad, atrapados en una compulsión demoníaca”. De acuerdo con el New Hackers Dictionary, un hacker es: “una persona que explora los detalles de los sistemas de programación y cómo extender y aumentar sus capacidades, alguien que disfruta el reto de vencer o burlar creativamente las limitaciones”. Diane Nelson afirma que “hackear” quiere decir “comprender y controlar la tecnología informática y, lo que es más importante, tener la capacidad de formar redes de comunicación y de intercambio de información.

Visto así, las personas de origen indígena que han tenido acceso a estudios literarios superiores, posgrados en literatura comparada, o en lingüística, o escritura creativa, se transforman, por una suerte de operación alquímica de lectura, en hackers del sistema literario occidental.

Los poetas y escritores en lenguas indígenas que publican sus libros, interviniendo el diálogo del ciberespacio latinoamericano, se convierten asimismo en “hackers literarios”. Sus redes de conocimiento literario, sus transacciones de información intertextual retornan al saber acumulado de sus comunidades, pero al mismo tiempo alteran y modifican el código matriz de lo que llamamos “literatura latinoamericana”. Pienso, por ejemplo, en Humberto Ak’abal y su autotraducción (¿se “autohackea”?) del quiché al español, creando una lírica tan minimalista como barroca y delirante. Un poeta que puede ser leído dentro de la categoría de lo “experimental” (por su exploración onomatopéyica y sus performances varias), pero que al mismo tiempo está recubierto del vapor de lo que interpretamos como “clásico”. Pienso en Jaime Luis Huenún creando una poética radicalmente nueva en la que se puede rastrear por igual a Georg Trakl y a sus antecesores mapuches. Pienso en la poeta mapuche Roxana Miranda Rupailaf, con su danza ritual posmoderna, y no puedo dejar de imaginar que el “hacker literario” será el tejedor del holograma intersticial de las redes por donde circulará la literatura del futuro. Aquí un poema Roxana Miranda Rupailaf:

Pareja

Un caballo vuela al sur en medio de la guerra.

Un caballo sin alas montado en una nube,

me llama a la puerta de mis sueños

donde soy una potra más rubia que el sol.

Indomable como un pensamiento,

relincho mis ilusiones con olor a hierbas.

Despierto.

El caballo se cae del cielo

y me deja preñada.

HACKEO EN MÚLTIPLES DIRECCIONES

La operación de “hackeo literario” carecería de sentido si fuese restringida a otro código cerrado: el de la etnicidad. El “hackeo literario” sólo alcanzará su plena operatividad como categoría de lectura, si propicia un flujo hiperdinámico de información en múltiples vías. Así, un escritor de origen hispánico, o mestizo, o europeo, o que se asimila a sí mismo dentro de la cultura occidental, pero que al mismo tiempo aprende a decodificar el saber literario de los pueblos originarios y/o consigue leer y expresarse en una de sus lenguas, será otro espécimen valioso de hacker.

Hojeando las primeras quinientas páginas del Borges de Bioy, me llama la atención que Borges y su gran amigo hayan leído el Popol Wuj. Dice Bioy que lo habrían comentado una noche con mucha admiración. Pero la entrada en el diario de Bioy Casares es muy escueta, como si no hubiese podido evitar mencionarlo. Ese mismo día, el 23 de abril de 1953 cuenta Bioy Casares, tradujeron el cuento “Los brahmanes y el león”, del Panchatantra. Quiero imaginar que más adelante en ese libro llamado Borges, Bioy comentará alguna cosa más detallada sobre el cuento “La escritura del dios”, el único relato de Jorge Luis Borges que fue ubicado en el mundo prehispánico mesoamericano. De esta pieza de ficción extraigo este bello fragmento relatado por la voz del personaje-narrador, Tzinacán, que ayudará a comprender la categoría de “literary hacker” desde un punto de vista peculiar:

¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron,  los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios, toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el tiempo, la noción de una sentencia divina parecióme pueril o blasfematoria. Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y cuanto puede comprender un lenguaje, son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo, universo.

La descripción borgiana parecería hacer referencia a la codificación de un estamento ciberespacial. El ciberespacio, entendido también como una especie de “Gran Otro” lacaniano aparece en la imaginación de Borges en calidad de “escritura del dios”: una palabra que articularía a todas las palabras. Un tigre refiere a todos los tigres, estableciendo el hyperlink desde el nombre del animal hacia el arquetipo de la fiera y luego hacia su materialidad. Borges también sugiere una interface extraordinaria para explicar el tejido de esta red virtual de saberes que atraviesan la mente del personaje-narrador: la escritura de todo el universo, es decir, la escritura del dios, es decir, el ciberespacio, puede leerse en las redes dibujadas por las manchas de la piel del jaguar. Borges entiende a la escritura como algo que está más allá de la representación de palabras en caracteres latinos y hace la referencia a catorce palabras mágicas, o palabras clave, passwords, que nos permitirían develar el misterio de la piel del jaguar. Veamos: en la cosmogonía prehispánica mesoamericana existen trece niveles de cielo. El número 13 aparece asociado al mundo superior, al mundo de las ideas platónicas, a eso que Jung llamó el “inconsciente colectivo”. Quizá por eso, cuando el escritor argentino nos propone la cifra 14, parecería querer indicarnos que existe todavía un nivel más allá del cielo, algo más allá del inconsciente colectivo, una palabra realmente mágica que estaría más allá del ciberespacio y nos llevaría al hiperespacio. Al infinito. “Tzinacán” es el nombre de ficción escogido por Borges para nombrar al príncipe cakchiquel que protagoniza su relato, quien aparece encerrado enfrente de un jaguar, también enjaulado por el Adelantado español. Este nombre, Tzinacán, me había sonado inicialmente como algo parecido a “perro + serpiente”, pero luego descubrí, leyendo a Balderston, que en realidad significa “murciélago”.

Resulta por lo menos “curioso” que Jorge Luis Borges haya estado al tanto de este detalle tan particular como decisivo: la comunidad cakchiquel se identifica a sí misma a través del murciélago, el cual es la representación arquetípica (o sea, el nahual) de la doble polaridad luz/ oscuridad, revelación, aurora, Ak’abal, en el calendario maya Tzolkin. Esto quizá se relaciona, de forma mística y trágica, con el rol de aliada de los españoles que la etnia cakchiquel desempeñó durante la conquista. Leo “La escritura del dios” varias veces, con admiración, y me resulta maravilloso percibir que esa idea de infinito también le haya sido sugerida por este príncipe maya-cakchiquel que contempla a un jaguar, mientras reflexiona en paralelo sobre la divinidad y la inminente muerte que le será donada por el conquistador Pedro de Alvarado.

También habla Tzinacán de una rueda infinita (hecha de agua y fuego), que podría relacionarse, pienso, con Gucumatz (Quetzalcóatl) y que, a un tiempo, dejaría sugerida una primera referencia al Aleph. ¿O no sería el Aleph, acaso, la representación borgiana de ese momento en que el Corazón del Cielo crea a los cuatro primeros hombre-jaguar, quienes son capaces de verlo todo, de penetrar las cosas, de ver lo oculto y registrar el pasado, presente y futuro entremezclándose? Me atrevo a decir que Borges hizo operativa una lectura del tipo hacker alrededor del saber de los pueblos indígenas de Guatemala. Decodificó no sólo el Popol Wuj, sino que también supo descifrar el contenido arquetípico de sus intrincada metáforas y elipsis. El relato de “La escritura del dios” también denota un profundo conocimiento del entorno histórico de la conquista del reino cakchiquel en Guatemala.

A diferencia de Miguel Ángel Asturias y otros indigenistas de la época, Borges no intenta copiar una prosodia, es decir, no hace playback. El argentino intenta desentrañar el código y “hackear” la cultura para trasladar ese conocimiento al software llamado El Aleph, el libro de cuentos que circulará en el ciberespacio de la literatura argentina, latinoamericana y finalmente universal, de forma transformadora.

EL NAHUAL DEL LECTOR

Afirman los quichés, que el amanecer es el propio acto de esparcir la simiente en el firmamento. La escritura podría ser, entonces, la agricultura del vacío o de los campos celestes, y cada letra sería una estrella, semilla de luz, generando imágenes, o metáforas-constelaciones, haces luminosos que tocan el cuerpo holográfico de la página. Una letra es una partícula de polvo estelar.

La lectura es un desafío al vacío: es la forma en que nos tocamos por dentro, creando un espejo convexo al interior de la mente y el corazón del Otro. Es la verdadera continuación de nuestra privada página espiritual: un documento eléctrico que se comparte, un attachment que alteramos desde que lo vamos descargando con los ojos. Este ensayo propone la imaginación de nuevos software de lectura. Pensando la literatura como “depósito interactivo del saber vivir” (Ottmar Ette), imagino libros de código abierto que permitan una navegación intersticial de nuestra diversidad. Mientras el mundo se maravilla con los nuevos dispositivos de hardware, mientras todos caemos seducidos por el iPad, buscando quizá convertirnos en escritores cosmopolitas (que en traducción castiza quiere decir escritores europeizantes y modernólatras), me gustaría proponer un desplazamiento. Hacer un viaje en otra dirección.

Usar el Tzolkin y el Popol Wuj en su función de software transhistórico, permite la sincronía entre el pasado y el futuro, creando el axis mundi del presente eterno. Algo parecido a cavar un agujero de gusano en el tiempo. Libros ancestrales usados como un software que permitirá comprender un mundo donde la virtualidad ha sustituido a su representación material. Libros que son compuertas que se abren al mismo futuro, experimentado ahora como la sensación de un ayer imaginario. Al código cerrado de la modernidad occidental, que integra los saberes milenarios bajo la etiqueta del folclor, del new age, o de la mera antropología, hay que oponerle un código open source, donde se liberaría el acceso al conocimiento por intermedio de una operación de des-jerarquización simbólica, permitiendo la manipulación recreativa de la riquísima tradición literaria occidental, inyectándole sustancias que la catalizarían hacia un ciberespacio literario en el cual la multiplicidad arquetípica del universo se verá más fielmente reflejada.

Otra operación hacker es la de imaginar a la lectura como la capacidad de ser guiado y transformado por el propio texto. Inspirado en los gemelos héroes del Popol Wuj, quienes triunfan por la autotransformación que hicieron, imagino a la obra literaria como la tecnología que será capaz de darnos la capacidad de la mutación perenne, renovando los ciclos de la vida y la muerte día con día.

Secretaría de Cultura