Tierra Adentro

Fotografía del Taller la Imagen del Rinoceronte por Nidia Rosales.

Hay visiones colectivas. El arte es el terreno de los otros. Ahí donde el autor desaparece otra realidad se hace posible. Bajtín decía que todo parte del deseo, que hablar de la obra es desearla, planear su lenta pero segura destrucción, hacer evidente aquella multiplicidad de la que parte. Alucinaciones, aleaciones, deseos plasmados en objetos que sin quererlo a veces hablan de nosotros y alcanzan así a presentir una que otra verdad. Algo es seguro, el sujeto nunca ha sido un sitio limitado por fronteras. El sujeto nunca ha sido uno, para empezar. En el Taller la Imagen del Rinoceronte (TIR) algo así tienen presente. Su fundador, el maestro Humberto Valdés, sabe que el individuo se encuentra en un estado anquilosado de una autoridad decadente, a punto de desmoronarse en estos tiempos.

El TIR fue creado hace ocho años con el propósito de abrir un puente entre la gráfica y una población poco habituada a formas de expresión alternativas. Desde hace tres años ocupa un espacio relativamente pequeño en el centro de Tlalpan, en la ciudad de México. El centro de Tlalpan es un manantial en medio de esta ciudad monstruosa, sedienta de angustias laborales, presiones de género y ese sabor metálico que deja la violencia cotidiana sobre el cuerpo. Ahí todavía da gusto andar a pie, se puede caminar sin tropezar constantemente con otros transeúntes. Data del tiempo en que las ciudades no se planeaban a partir de rutas rápidas y asfalto sino para promover la convivencia cara a cara.

Dentro del Taller se respiran otros aires. Después de siete años, dejé de habituarme a esta ciudad y comencé a percibir su evidente fealdad. Se me hicieron presentes sus grietas, el ruido constante de los autos, la soledad recalcitrante de andar en autobús a la hora pico. Visitar este Taller me ha reconciliado un poco con el caos y la vida rápida de esta metrópoli. Y aunque el TIR también es caótico, se trata de ese torbellino que antecede a los momentos de serenidad y entrega. Los sábados trabajan en él poco más de 25 personas, quienes comparten el reducido espacio y toman juntos decisiones estéticas. Ahí no hay figuras de autoridad ni egos excesivos, acaso un genuino interés por sacar adelante cada pieza

Esa es quizás su principal característica, una postura un tanto anarquista en torno al proceso creativo y también en torno a la vida. Quienes se dedican al arte saben que vida y obra no pueden separarse tajantemente, se vive creando y se espera así hacer algo de provecho. Se trata de un trabajo de tiempo completo que no da para la renta pero sí da placeres lentos e inagotables, confiere al menos el sentimiento de que uno está haciendo algo que permanecerá más allá de uno mismo y que además ese objeto puede llegar a ser bello, un objeto descontextualizado que hace contacto con otro tipo de raíces, un objeto extraterrestre, por decirlo de alguna forma.

No god, no masters, me dice Pavel Acevedo cuando hablamos de las trampas que impone la moral sobre los cuerpos y caminamos al TIR. Pavel es un artista emergente de origen oaxaqueño que reside en California. Recientemente lo invitaron a trabajar un fin de semana en el TIR y formar parte de la carpeta gráfica Coediciones de 10, un proyecto ambicioso de Humberto Valdez que pretende hacer un sondeo de la gráfica a nivel nacional. En este nuevo proyecto, los artistas invitados acudirán cada fin de semana al taller para realizar su pieza, imprimirla y compartir su trabajo con los asistentes. Las diez copias de la carpeta se repartirán en diversos museos del país, quedando así como registros.

Humberto y su equipo de trabajo, chicos que han decidido dedicarse a indagar en los diversos procesos del grabado, conocen de cerca la inestabilidad de su labor, lo complicado que a veces resulta seguir andando y conseguir apoyo, recibir incluso lo más elemental para subsistir. El TIR ofrece sus cursos e instalaciones de manera gratuita, cualquier persona, con o sin conocimiento de dibujo o grabado, puede asistir tres días a la semana. Ahí se mezclan artistas con trayectoria y quienes comienzan a experimentar con tinta y papel, lo cual me parece una forma valiosa de hacer evidente que ante todo el arte forma parte de lo cotidiano, lo embellece, como dijo Cortázar. Es un respiro, por lo menos.

Las instituciones nos han hecho creer que se requiere de ciertos conocimientos para apreciar cualquier expresión artística, conocimientos que no todos reciben o que no a todos les interesan. Si bien hace falta un ojo entrenado para dialogar con la obra, lo que importa de ella es aquello que no puede comunicarse claramente, aquello que conecta con esa parte intraducible donde aventamos lo que en verdad somos. Los sentimientos son oleadas confusas de mundo sobre nosotros. Interior y exterior siempre se funden en cierto punto. El arte es un tipo de experiencia que nos conecta con el carácter múltiple de la realidad para apreciar la diferencia y el diálogo. No obstante, este camino suele ser violento.

Tanto en los talleres de Oaxaca como en el TIR, lo difícil no es producir sino abrir el diálogo con el exterior, hacer que la gente se interese por las piezas ahí elaboradas y con suerte las compre. Sin embargo, el propósito tampoco es vender, al menos no totalmente, si así fuera existen otras formas de lograrlo, muchas formas de entregarle al público lo que está acostumbrado a ver: imágenes sin espíritu, sin decadencia o descomposición, sin pequeñas violencias que pueden llevarnos de ida y vuelta hacia sitios poco transitados de nuestra propia psique. Imágenes que pueden destruir todo aquello que damos por hecho y ayudarnos así a comenzar otra vez. Soltar las armas, aprender a ser iguales.

Pavel realiza el retrato de un amigo que enseña los dientes. El grabado sobre linóleo se siente como una cicatriz tuberculosa. Termina de rascar esa piel plástica la noche del primer día que estamos en el TIR. Durante toda la tarde van y vienen otros artistas y realizan su trabajo sin interrupción. A este taller se acude a trabajar, la convivencia, el desmadre, se deja para después. La mayoría realiza pruebas de sus grabados y cuando alguno termina todos se juntan a observar la pieza y a discutirla. Humberto creó un ambiente ecléctico de trabajo, un lugar donde las distintas visiones en torno a la realidad conviven y se mezclan para rescatar lo múltiple y hablar del otro que es uno.

El TIR también ofrece periódicamente clases de dibujo y de historia del arte para niños. Durante un tiempo tuvieron una biblioteca móvil que manejaba el propio Humberto por las calles de esta ciudad y por medio de la cual sus alumnos dialogaban con niños y adolescentes; sin embargo, este proyecto tuvo que detenerse por falta de recursos económicos. Las becas se terminan, desafortunadamente. A la par de Coediciones de 10, el TIR organiza otra carpeta de gráfica a nivel nacional donde participan artistas como Luis Ricaute, Demián Flores, Teresa Olmedo, Irving Herrera y Carlos Flores Rom, entre otros. La manera en que trabajan en el TIR y se organizan, se ayudan para no cerrar sus puertas a pesar de las adversidades, me parece una dinámica creativa particular, digna de reproducirse como la gráfica que realizan cada semana y que poco a poco empieza a valorarse un poco más.

 Fotografías del Taller la Imagen del Rinoceronte por Nidia Rosales.

Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.
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