Tierra Adentro

Rodolfo Mendoza. Fotografía: Daniel Mordzinski

Entre el libro y la traducción

Con el pelo corto y sus gafas de pasta gruesa, deportivas, Rodolfo Mendoza me recibe en su mesa habitual de un conocido café del centro de la ciudad. A pesar de la inagotable lista de pendientes que suele tener su agenda, me propone reunirme con él durante un breve descanso de una hora, y además él invitará el café. Así ocurre. Al llegar a la reunión, puntual en hora y fecha, Rodolfo acababa de despedirse de otro invitado.

D.S: ¿Cuándo y cómo nace la colección Sergio Pitol Traductor?

R.M: La colección nació en 2007. Fue una idea que tenía yo de reunir las traducción que Sergio Pitol había hecho a lo largo de su vida. Como sabemos, él había comenzado a traducir en los años sesenta, con traducciones emblemáticas. A él se debe, por ejemplo, las primeras traducciones de muchos autores polacos. Para 1967 tenía ya preparada la Antología del cuento polaco contemporáneo, donde había alrededor de 20 autores, muchos de ellos, con su primera traducción al español; pero también, para ese momento, Sergio ya había hecho traducciones del inglés y del italiano. Y todas ellas habían quedado diseminadas en varios países, entre México, Argentina y España, traducciones que, al paso del tiempo, se volvieron emblemáticas, como aquellas de Henry James (Los papeles de Aspern y Washington Square) o, para seguir hablando del inglés, de Firbank con Las excentricidades del cardenal Pirelli o la famosa traducción de El corazón de las tinieblas de Conrad. Entonces, Sergio, el Sergio viajero que también conocemos, lugar al que llegaba, lugar donde devoraba la literatura, y al devorarla, descubría que había autores que no se conocían en español. Es decir, aunque tradujo, del ruso, Un drama de caza, la única novela de Chejov, se dio cuenta que no estaba traducido, por ejemplo, Pliniak. Al pasar por Italia, traduce a Luigi Malerba o Elio Vittorini, que tampoco estaban en español. Pero te decía que muchas de esas ediciones habían quedado dispersas en todas partes o ediciones inencontrables. Por citarte un caso, la de Witold Gombrowicz, que después sería Bakakai, habían aparecido, los tres primeros cuentos, en un librito que se llama La virginidad y otros cuentos, en una edición que el dirigía para Tusquets. De tal manera que, cuando me di cuenta, durante mi camino de editor, tenía treinta o cuarenta títulos traducidos por Sergio, que no  estaban en ningún lado, y que no circulaban, salvo Cosmos, El corazón de las tinieblas y algunas cosas de Henry James. No circulaba lo de Lu Hsun, por ejemplo, ni El ajuste de cuentas de Tibor Déry ni La señora Z de Kazimierz Brandys. No circulaban muchas cosas que, según yo, valía la pena que el lector en español conociera. Así que, previo consentimiento de Sergio, le propuse hacer la colección a la Editorial de la Universidad Veracruzana. Aceptaron hacerla. Comenzamos a ver toda la parte de trámites de derechos de autor, obtuvimos el permiso de los diecinueve autores que conforman actualmente la colección. Y se hizo.

D.S: ¿La colección va a crecer?

R.M: Hasta veinticinco.

D.S: ¿Serán todos los autores que tradujo Pitol?

R.M: No, evidentemente no, porque tú sabes que el tiempo, la época y el mundo editorial van poniendo cosas en su lugar, y los que a Sergio le parecieron autores interesantes en los 60 y los 70, la verdad es que ya no lo son tanto, no aguantaron el paso del tiempo.

D.S: Es evidente que esta colección, visualmente, no se parece nada a las demás colecciones de la Editorial. Tampoco se mueve igual. ¿Cuál fue el proceso para decidir esto?

R.M: No es que estuviera yo pensando en hacer algo que no se pareciera a la universidad, pensaba en hacer libros que me gustara hacer. Cuando uno emprende la edición de un libro, como editor, cuando vas a preparar una colección, la edición misma se empieza a conformar en tu cabeza a los títulos que vas a tener. Lo que se me ocurría era hacer algo muy pegador, algo que jalara mucho la vista, algo que pudieras tener en una mesa de novedades de cualquier lado y que, como lector, voltearas y quisieras ver qué es, sobre todo, tratándose de una colección nueva. Ahí tenemos los grandes aciertos de grandes editores como Jonathan Cape, en Inglaterra; como Wagenbach, en Alemania; como la New Directions, en Estados Unidos, ¿no? Son ediciones que se vuelven emblemáticas por el carácter y el perfil que agarran. Si uno ve, por hablar de los editores en español, un libro de Anagrama a diez metros de distancia en una librería, se nota que es Anagrama. Lo mismo pasa con Acantilado o con Pretextos. Son colecciones o editoriales que logran su carácter. Lo que quise hacer fue precisamente eso, hacer una colección que tuviera su carácter a los tres o cuatro números de creada. Que tuviera su personalidad, y que tú voltearas y la distinguieras.

Creo que la misión de cualquier proyecto editorial es rebasar sus propias fronteras, que los libros sean distinguibles en cualquier parte del mundo, y en ese sentido, el carácter y el perfil de la edición ayuda mucho.

D.S: Ese es otro gran mito sobre las casas editoriales universitarias, aunque producen libros con buenos contenidos, su posicionamiento no suele vencer las barreras geográficas. Y que, en parte, tal vez se deba al formato de su producción…

R.M: Sí, tienes razón. Y además, es un mito absurdo eso de que las editoriales universitarias reduzcan su producción a libros como que muy caseros. Porque “el problema” de estas casas no es un problema en sí mismo, sino que las editoriales universitarias, no todas, obviamente, creen que tienen como labor solamente cubrir la producción editorial de su universidad. Sin embargo, hay casos donde no es así. Si ves Oxford Press o Cambridge Press, te das cuenta de que hay universidad que hacen libros fantásticos. No está divorciada la idea de hacer buenos libros, como objetos, libros visualmente comerciales, de editar libros universitarios y con contenidos de calidad. De tal suerte que, cuando pensé en esta colección, pensé en lo que, no es ninguna novedad, piensa cualquier editor: que fuera una tipografía bonita, una caja grata, que el papel te permitiera leer con mucha o poca luz, con portadas mate, que fuera cosido, que fuera fuerte, que trajera solapas, que si lo traías en tu coche, el sol no lo doblara ni lo hiciera “taquito”, en fin, en algo hecho para el lector.

D.S: Aquí, lo que parece una novedad es considerar al lector, por parte del editor universitario…

R.M: Al lector es al primero al que debes de considerar. No siempre sucede, sobre todo en algunas editoriales; pero si piensas como lo hacen las grandes editoriales, sí. Y sí, a veces las editoriales universitarias no piensan en el “gran lector”. Hacen libros con buenos contenidos, con buenos autores; pero se olvidan un poco de la parte del libro como tal.

D.S: Se dice por ahí que tienes tu propio equipo para trabajar esta colección…

R. M: Sí, claro, uno trabaja con su propio equipo. Es como los médicos. El médico opera con su anestesiólogo y su instrumentista y con su enfermera. Igual yo. Soy un hombre de manías. Me gusta trabajar con mi propio equipo, porque además ya lo tengo muy probado. Con ellos trabajo esto, y también  La Nave y los demás proyectos. Eso no quiere decir que no vaya descubriendo gente nueva y buena, porque a veces tenemos tanto trabajo que hay que ampliar el equipo.

D.S: Por la formación del libro, por la selección de autores y contenidos y por su distribución, podemos decir que la colección Sergio Pitol Traductor es uno de los proyectos más ambiciosos que ha tenido la Editorial de la UV en estos últimos años. ¿No te enfrentaste con reticencias cuando planteaste el proyecto? Desde políticas, económicas o de cualquier otro tipo.

R.M: No, en absoluto. Alguna mínima reticencia que ahora no vale la pena ni siquiera mencionarlo, porque, como nos decían varios amigos editores, es una colección que hubiera querido albergar cualquier editorial. Lo que pasa es que no hay otra, hasta donde sé, al menos en español, no hay otra colección dedicada a un traductor, aun cuando tenemos traductores tan potentes en lengua española. A nadie se le había ocurrido hacer una colección dedicada a un traductor. Además, para ampliar un poco esto, tendré que decirte que la idea conceptual de donde nace es que, al ser lector de la obra de Sergio Pitol, me di cuenta de la importancia de sus traducciones. Las traducciones no van ni siquiera en paralelo, son parte de su obra misma. Cuando uno lee a Sergio Pitol decir que estaba atorado con la elaboración de Cuerpo presente, y que fue la traducción de El buen soldado de Ford Madox Ford la que lo hizo ver una estructura de novela y le permitió escribir su novela, te das cuenta de cómo la traducción era parte del trabajo creativo de Sergio. Encima de eso, le ayudó a desarrollar un manejo y un sentido del español como pocos. Su manejo del español, para poder, no calcar, sino mutar de un idioma a otro es espléndido. De ahí que sean tan respetadas sus traducciones. Fabio Morábito decía que cómo le hizo Sergio para traducir Salto mortal de Malerba, cómo logró esos juegos gramaticales y sintácticos del italiano al español. Ahí está justamente el aporte de Sergio. Si tú ves la lucha con el ángel, en el capítulo aquel del Arte de la fuga, cuando él está traduciendo a Andrzejewski, con la endiabladamente difícil Las puertas del paraíso, que es una gran frase, te das cuenta de todas las horas y todo el trabajo que le llevó lograr esta traducción esta traducción tan importante para la lengua española.

D.S: ¿Crees que esta colección, como efecto colateral, impacte en un mejoramiento de las condiciones de trabajo del traductor en México?

R.M: Eso ya depende de cada quién. Yo creo que sí se está haciendo mucha traducción y muy buena. Por alguna razón, se sigue traduciendo más en España y quizá en Argentina. Por alguna razón, las editoriales mexicanas apuestan un porcentaje menor a la traducción. Hay cosas que siguen sin traducirse. Por ejemplo, cosas que en España sí voltean mucho a ver. Es de envidia lo que están haciendo con los autores árabes. Muy pocas editoriales están volteando hacia la India o Asia Ahí es donde habría que voltear a ver. Aunque seguimos teniendo muchas deudas de traducción. A mí me parece sorprendente que no circulen en español más que algunos títulos por ahí perdidos de lo que yo llamaría el “canon de la crítica literaria anglosajona”. Ojalá que esta idea de reconsiderar la importancia de un autor como traductor, como en el caso de Sergio Pitol, despierte un poco el interés entre editores y traductores para seguir haciendo eso que son los vasos comunicantes que conocemos desde que Ptolomeo III junto a setenta y dos cuates a traducir.

D.S: ¿Tienes pensado armar otra colección?

R.M: Sí, tenemos dos colecciones atoradas. Una de ellas, que nos entusiasma mucho pero no hemos logrado cuajarla, es sobre literatura latinoamericana. Desde hace muchos años tenemos ya un listado de lo que quisiéramos hacer, y espero que en algún momento se logre. Porque, a estas alturas, resulta ridículo que un autor costarricense no sepa de literatura venezolana o que lector y hasta escritores peruanos te pregunten si vale la pena leer a José Emilio Pacheco o que un autor argentino sepa más de literatura inglesa o francesa que de literatura colombiana. Ésa es una cuestión muy curiosa en nuestro continente, que habiendo tantos autores imprescindibles en Costa Rica, Venezuela, Cuba, Chile, Perú, Argentina, Paraguay, etcétera, no los conozcamos. De tal suerte que queremos hacer, sin que eso sea un canon, una colección desde nuestra perspectiva de lo que vale la pena leer de la literatura latinoamericana del siglo XX. Por ejemplo, está Ednodio Quintero, José Balza, Maria Luisa Bombal o Armonía Somers.

Te lo puedo asegurar, cuando el lector mexicano, en principio, (porque eso ha complicado un poco la cosa, ya lo habríamos podido sacar para México, pero estamos buscando que sí tenga una distribución muy buena en toda Latinoamérica, porque si no, el único ganón va a ser el lector mexicano), lea a Armonía Somers, va a decir “¿por qué no había leído esto antes? Si es una autora tan importante como lo puede ser Virginia Woolf”; cuando lea a Juan Filloy, dirá “¿por qué nos habíamos perdido de un autor de esta naturaleza?; cuando lea a Maria Luisa Bombal va saber por qué le tenía tanta admiración y casi reverencia Juan Rulfo. De esa manera es que la tenemos planeada.


Autores
(Xalapa, Veracruz, 1984) es poeta. En 2005 obtuvo la beca del Programa de Intercambio de Residencias Artísticas para Québec, del Fonca. Escribió Andar (UV, 2010) y La caja para encender (La Ceibita, FETA, 2012). Toca la guitarra y es amante del jazz.
Secretaría de Cultura